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La Coctelera

ridicula

10 Enero 2007

primer entrega: valeria del mar

Llueve intermitentemente. Lo standard es que no sea bienvenida la lluvia cuando uno se encuentra a la vera del mar. Es que hay maridajes clásicos que no admiten divorcio: “fresco y batata”, “Tom & Jerry”, “pizza y cerveza” (creo que éste no es el mejor de los ejemplos, cuando en los ´90, la cerveza mutó en champagne), “sol y playa”…, llueve intermitentemente, garúa regular, hace horas que escucho la misma cadencia…, me resulta placentero, para mí es ideal, muy propicio para la lectura, un saxo en lamento prolongado de Stan Getz, y escribir…, anhelo me sorprenda un asalto de esgrima verbal. Hoy no necesito nada más…, mañana?, who knows?

El mate lleva varias cebadas lavado, pero no quiero levantarme…, fijé la vista en un “bicho bolita”. No se percató que llueve. Lo sigo con la mirada en todo su trayecto… No recuerdo cuando fue la última vez que vi uno. Un dèjá vu me arrastra y me tiento a tocarlo, observo magnánima su destreza…, comienzo a hacerlo rodar…, suficiente…, ya prescribió la impunidad de una niñez impía, cuando jugábamos a hacer puntería con los bichos en un arco ficticio de manos. Lo dejo en paz…, me gratifico al ver que vuelve a explayarse en toda su extensión.

Finalmente me decido y cambio la yerba. Comenzó a llover más fuerte y el paisaje se aleja cada vez más de un cerúleo atardecer. Lo ignoro, me tiene sin cuidado. Estoy resguardada en el porche de la casa, todo quietud, silencio sólo de humanidad, pero no desolación. Creo que soy el único humano en varias hectáreas. Por delante un verde muy bien parquizado, que interfiere la caída libre de gotas. Es una variedad de árboles que ignoro la gracia de cada uno, pero me encantaría conocer. Todos y cada uno tienen “nombre”. Cada parte de este universo responde a algo, salvo la melodía que bandoneonea Dino Saluzzi que me acompaña y se llama causalmente “milonga sin nombre”.

Cargué la notebook con un arsenal de música, más de 400 temas, pensé era exagerado, pero no, sólo asciende a 30 y pico de horas suficiente para cubrir 3 días y luego repetir hasta la hartura.
4 libros y 2 pares de zapatillas complementan mi equipaje más el espacio vacío del diccionario de sinónimos que dejé olvidado, y suele ser mi compañero cómplice para enaltecer la prosa en esta aventura de escribir.

Esta mañana, ni bien llegué bajé a la playa. Aún no llovía.
Los pies descalzos... es toda una sensación (para quien tiene la dicha de pasar calzado por la vida)
Los pies descalzos, para quien no elije descalzarse, es una sensación..., pero otra.
Estampé mis huellas en la arena, dejé una impronta clara..., es que la arena estaba firme y también fresca... era temprano, la playa desierta.
Comencé a caminar en sentido a Cariló mientras iba haciendo jueguitos histéricos con esas olas impúdicas, provocándolas con el roce, hasta que arremetían para atraparme, entonces disparaba a pique, rompiendo la monotonía de mi paso.
Esta parte del relato despertó mi alma ávida de endorfina y la ansiedad casi lógica de mis piernas, de cambiar asfalto por arena. Me escapo expulsada a correr a la playa antes que oscurezca. No me importa que aún llueva, salgo a impregnarme de aire de mar.
Acabo de percatarme que no sólo olvidé el diccionario de sinónimos sino también mi equipo de lluvia para correr. No problem, no es más que agua. Todo lo que se moja, en algún momento se seca. ¡ A bientot !

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apg

apg dijo

excelente

10 Enero 2007 | 12:31 AM

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